México
y el resto de los países latinoamericanos enfrentan el dilema del uso de las
semillas transgénicas, particularmente del maíz, ante el reiterado cambio
climático, entre otros argumentos. Por un lado, diversas organizaciones de la
sociedad civil así como grupos de científicos manifiestan su total desacuerdo,
mientras que las empresas fabricantes de las semillas transgénicas intentan por
todos los medios venderlas a los productores, con la anuencia gubernamental.
Los
países de América Latina afrontan el injusto reparto de la propiedad de las
tierras de cultivo, la pobreza rural, la dependencia alimentaria y el evidente
deterioro ambiental derivado del mal uso de los recursos naturales, más que por
el cambio climático.
Dichas
acciones, en conjunto, han dado pie a que científicos de diversas disciplinas
enfoquen su interés en los avances de la bioingeniería con la esperanza de
orientar la agricultura hacia métodos intensivos de producción agrícola y con
ellos paliar los problemas antes mencionados, originando así una segunda
Revolución Verde.
Con
base en ello, en este artículo discutiremos las diferencias entre las semillas
transgénicas y la segunda Revolución Verde; con la finalidad de aportar
elementos que permitan elegir la mejor opción ante un problema de graves
consecuencias ecológica
Esta revolución agrícola busca, mediante la bioingeniería genética, desarrollar semillas que faciliten una disminución en riego, fertilizantes y agroquímicos, logrando así un incremento en la productividad frente al problema mundial de alimentar una población con crecimiento exponencial y ante un eventual cambio climático.
Esta revolución agrícola busca, mediante la bioingeniería genética, desarrollar semillas que faciliten una disminución en riego, fertilizantes y agroquímicos, logrando así un incremento en la productividad frente al problema mundial de alimentar una población con crecimiento exponencial y ante un eventual cambio climático.
En el
sector agropecuario, los antecedentes de dicha revolución inician en las
décadas de los cincuenta y sesenta —en todo el mundo y desde luego en
Latinoamérica— mediante tres pasos: 1) el regadío controlado para no depender
del temporal; 2) la aplicación de fertilizantes para enriquecer los suelos agrícolas,
y 3) el uso de plaguicidas para controlar plagas.
Cada
paso buscó un aumento en el rendimiento agrícola; sin embargo, el uso de la
maquinaria y los sistemas de riego, junto con los agroquímicos, fue parcial en
el campo mexicano ya que aún persiste la agricultura de subsistencia y los
niveles de producción difícilmente alcanzan los excedentes para su
comercialización.
La
estrategia de Estados Unidos en la industrialización agrícola de América Latina
es, sin duda, la revitalización del sistema capitalista, donde las fundaciones
Ford y Rockefeller, así como el Banco Mundial coadyuvan a la divulgación de
métodos y técnicas destinados al aumento en el rendimiento agrícola, bajo la
coartada de disminuir el hambre en el mundo a corto plazo.
Sin
embargo la compra de esta tecnología resulta, además de excesiva por los altos
costos, carente de garantía en su éxito ya que las condiciones climáticas, las
características del suelo y las condiciones socioeconómicas de los campesinos
que las utilizarían —pertenecientes a los países en desarrollo— no coinciden
con las del vecino país del norte.
Asimismo,
la difusión de parte de Estados Unidos ha sido usada de manera idealizada como
un “mecanismo salvador” del obstáculo que suponía la incapacidad tecnológica de
la agricultura en los países subdesarrollados; es así que, como parte central
de los insumos que ofrece dicho bloque tecnológico, se encuentran las semillas
transgénicas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario